Café con leche, frío y sin azúcar
Sé que el café no es el mejor hábito del mundo, que si la cafeína, que si la adicción… lo sé. Pero también sé que de todas las cosas que sostienen mis días, esta es una de las más constantes. No por el café en sí, o no solo, sino por todo lo que lo rodea. Para mí, tomar café es casi un ritual, una herencia y, a veces, un puente hacia las personas que quiero.
De pequeña no lo tomaba, pero recuerdo perfectamente cómo lo hacía mi madre, café con leche, frío y sin azúcar, siempre igual. Yo solo esperaba el momento de poder untar una galleta en su taza porque sabía infinitamente mejor que hacerlo en mi ColaCao. Ese gesto tan simple era mi parte favorita del desayuno. Y quizá por eso, cuando fui mayor, sin buscarlo, terminé convirtiéndome un poco en ella, tomando el café con leche, frío y sin azúcar, exactamente igual que mi madre.
También recuerdo algo que ella repetía todas las mañanas: “Maitena, hasta que no tomo mi primer café del día no soy persona”. Yo entonces no lo entendía del todo, pero ahora lo hago perfectamente. Ese primer sorbo tiene algo de renacer, de encender el cuerpo, de prometer que el día puede empezar.
Y sí, me encanta el café. Pero a veces dudo si lo que más me gusta es su sabor, la energía que me da o la sensación de continuidad que tiene repetir un gesto que aprendí siendo niña. Creo que me gusta todo, me gusta tomarlo sola, como un respiro, pero también me encantan los momentos sociales que nacen alrededor de una taza de café. Desayunar con mis compañeras de piso, ese ratito en el que hablamos de lo que nos espera en el día o quedar con mis amigas por la tarde, sentarnos en una terraza y ponernos al día con una naturalidad que solo aparece cuando tenemos un café delante.
Y me gusta, sobre todo, que sea algo que comparto con las personas que quiero. Que ellas sepan cómo me gusta el café y que yo sepa cómo lo toman ellas. Imanol, por ejemplo, siempre con hielo incluso en pleno invierno, y siempre con azúcar, el suyo y el mío. Luca, prefiere el café solo, sin azúcar, normalmente un espresso. María lo toma sin azúcar, pero si el café está malo, lo arregla con un sobre. Igone siempre descafeinado de sobre, con leche. Me parece precioso que algo tan cotidiano tenga tanta memoria dentro. Que una bebida tan simple esté llena de personas, de gestos, de rutinas y de cariño.
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