Mezuak

La risa de mi hermana

Este blog es especial, más íntimo que los demás. Porque si pienso en cosas que me hacen feliz de verdad, hay una que siempre aparece la primera y es reírme con mi hermana. Puede parecer algo obvio, porque en la vida te ríes con mucha gente. Yo me río con mis amigas, con mi pareja, con mis padres, incluso sola viendo cualquier tontería, pero nada, absolutamente nada, se parece a la risa que comparto con mi hermana. Además de tener un humor parecidisimo, tenemos algo que no se puede fabricar, una especie de idioma propio hecho de bromas internas que se encadenan unas con otras sin descanso. Da igual el tema, el lugar o la situación, con ella todo puede convertirse en un ataque de risa. Ahora vivimos separadas, ella en Madrid y yo en Bilbao, y creo que fue justamente esa distancia la que me hizo darme cuenta de lo especial que es nuestra forma de reír juntas. Cuando ya no compartes casa ni rutinas, los momentos en los que coincidís se vuelven tesoros, y la risa también. Lo noté desde ...

El olor a marea baja

Llevo ya cuatro años estudiando Periodismo en Bilbao y, aunque me encanta vivir aquí, no fui realmente consciente de una de las cosas que más feliz me hacían en Donostia hasta que me mudé, el mar. En Bilbao también lo tengo cerca, a seis paradas de metro, pero no es lo mismo. En Donostia el mar forma parte del día a día, aparece sin que lo busques al pasear, al bajar al centro, al quedar con amigas… siempre está ahí. Y no me di cuenta de lo especial que era hasta que lo perdí un poco. En primero de carrera, cuando volvía los fines de semana a mi casa, sentía una emoción que casi me erizaba la piel. Era una mezcla de nostalgia, alivio y alegría y siempre llegaba en el mismo instante al subir la cuesta de la estación de autobuses y oler ese olor tan característico a marea baja del puente. Mucha gente lo detesta porque les recuerda a pescadería, pero para mí ese olor es hogar. Era como si San Sebastián me dijera: “has vuelto”. Y es que el mar me calma de una manera que no sé explicar ...

El valor de no decir nada

Se habla mucho de los silencios incómodos, ese momento en el que te encuentras con alguien con quien no tienes demasiada relación, una antigua compañera del colegio o una conocida con la que no hablas desde hace años, y de pronto sentís la obligación de llenar cada segundo con conversación. Da igual el tema, lo importante es evitar ese hueco que parece pesar más que cualquier palabra. Todos sabemos reconocer ese tipo de silencio. Pero muy poca gente habla del otro, del silencio que no pesa, que no aprieta, que no exige. El silencio que existe solo cuando hay confianza de verdad. Para mí, ese silencio cómodo es una de las cosas más bonitas que pueden aparecer entre dos personas. Me hace feliz darme cuenta de que he llegado a ese punto con alguien, el momento en el que ya no hace falta hablar para sentirnos acompañadas. Es estar con una amiga tomando algo y saber que podéis pasar tres horas seguidas hablando sin parar… o una hora entera sin decir absolutamente nada. Una leyendo un li...

El sol que más calienta

Soy una persona a la que la lluvia no le molesta demasiado. Supongo que es normal, soy vasca, vivo en Donosti, y aquí llueve más días de los que no. Creces aprendiendo a convivir con el gris, con las nubes bajas y con los paraguas siempre a mano. No es que el mal tiempo me ponga triste, simplemente forma parte de la rutina. He aprendido a romantizarlo y, en cierto modo, hasta me hace compañía. Pero quizá por eso mismo, porque vivo rodeada de lluvia, valoro muchísimo más esos días raros en los que, de repente, sale el sol. Viví un año en Génova, donde la lluvia acompañaba los días de la misma manera que lo hace en Donosti. Allí tuve esta conversación muchas veces con personas valencianas o andaluzas que no entendían cómo puedo vivir tan tranquila en un lugar donde el cielo no es azul la mayoría del año. Ellos decían que necesitaban el sol para funcionar, como si fuese el motor del día, y yo siempre les respondía lo mismo: “yo también lo necesito, solo que lo aprecio de otra manera. Lo...

La mejor canción

De todas las cosas que me acompañan en la vida, la música es probablemente la más constante. Forma parte de mi día de una manera tan natural que casi no la noto, está cuando hago trabajos de la universidad, cuando estudio, cuando hago deporte, cuando paseo, cuando viajo en cualquier transporte público, aunque sean cinco horas de autobús o veinte minutos de metro. Para mí, poner música es una forma de romantizar la vida, de hacerla más habitable y más bonita. Pero esto no va sobre la música en general, sino sobre algo más concreto y, para mí, más especial: trata sobre la canción adecuada. Esa que suena justo cuando la necesitas, la que aparece sin que la busques, la que de repente convierte un momento normal en algo que te coloca el corazón en su sitio. Soy una persona muy indecisa, me cuesta muchísimo elegir una canción. Cuando alguien me pregunta cuál es mi favorita, nunca sé qué contestar. Incluso cuando voy a poner música yo misma, puedo pasar minutos saltando canciones hasta en...

Café con leche, frío y sin azúcar

Sé que el café no es el mejor hábito del mundo, que si la cafeína, que si la adicción… lo sé. Pero también sé que de todas las cosas que sostienen mis días, esta es una de las más constantes. No por el café en sí, o no solo, sino por todo lo que lo rodea. Para mí, tomar café es casi un ritual, una herencia y, a veces, un puente hacia las personas que quiero. De pequeña no lo tomaba, pero recuerdo perfectamente cómo lo hacía mi madre, café con leche, frío y sin azúcar, siempre igual. Yo solo esperaba el momento de poder untar una galleta en su taza porque sabía infinitamente mejor que hacerlo en mi ColaCao. Ese gesto tan simple era mi parte favorita del desayuno. Y quizá por eso, cuando fui mayor, sin buscarlo, terminé convirtiéndome un poco en ella, tomando el café con leche, frío y sin azúcar, exactamente igual que mi madre. También recuerdo algo que ella repetía todas las mañanas: “Maitena, hasta que no tomo mi primer café del día no soy persona”. Yo entonces no lo entendía del t...

Las palabras como refugio

Tiene sentido que mi primera entrada de este blog hable de escribir. Antes de hablar de las pequeñas cosas que me hacen feliz quería empezar por lo que siempre ha sido mi refugio, las palabras. Escribir ha sido, desde que tengo memoria, la manera más clara que he encontrado para entenderme. De pequeña no sabía muy bien cómo expresar mis emociones, sentía mucho pero cómo no sabía traducirlo. Entonces descubrí que, cuando escribía, algo dentro de mí se ordenaba. Las palabras me ofrecían un espacio donde podía expresar todo lo que no sabía decir en voz alta. Durante años, empecé a escribir diarios que nunca terminaba, ya que soy especialista en abandonarlos a mitad, pero que siempre me ayudaban en el momento en que los necesitaba. Cada uno fue un pequeño hogar improvisado. Más tarde llegaron los poemas y, con ellos, la sensación de que quizá tenía cierta facilidad para convertir lo que sentía en algo legible. A los trece años incluso empecé a redactar un libro. No lo terminé, pero ent...