La mejor canción

De todas las cosas que me acompañan en la vida, la música es probablemente la más constante. Forma parte de mi día de una manera tan natural que casi no la noto, está cuando hago trabajos de la universidad, cuando estudio, cuando hago deporte, cuando paseo, cuando viajo en cualquier transporte público, aunque sean cinco horas de autobús o veinte minutos de metro. Para mí, poner música es una forma de romantizar la vida, de hacerla más habitable y más bonita.

Pero esto no va sobre la música en general, sino sobre algo más concreto y, para mí, más especial: trata sobre la canción adecuada. Esa que suena justo cuando la necesitas, la que aparece sin que la busques, la que de repente convierte un momento normal en algo que te coloca el corazón en su sitio.

Soy una persona muy indecisa, me cuesta muchísimo elegir una canción. Cuando alguien me pregunta cuál es mi favorita, nunca sé qué contestar. Incluso cuando voy a poner música yo misma, puedo pasar minutos saltando canciones hasta encontrar una que me convenza mínimamente. Por eso, casi siempre escucho en aleatorio, dejo que suene lo que tenga que sonar. Y quizá por eso, cuando llega la canción adecuada, la felicidad es aún mayor.

Es un placer muy pequeño, pero muy profundo, volver a casa en un autobús mientras llueve y que suene Car’s Outside de James Arthur, que me llena de una nostalgia dulce; estar haciendo deporte y que aparezca High Hopes, justo cuando necesito un empujón para los últimos minutos. Son momentos así los que hacen que la canción adecuada se sienta como un regalo inesperado.

Me pasa en todas partes: paseando y que de pronto suene algo que me baja las pulsaciones y me coloca en un estado de calma; limpiando la casa y que aparezca esa canción que me hace cantar como si estuviera en un concierto; estudiando y que surja una melodía que, sin saber por qué, me centra. Y me pasa también de fiesta: ese instante en el que suena una canción que hacía meses que no oía y la canto a pleno pulmón sin importar quién esté mirando. Porque la disfrutas, porque te devuelve una versión tuya que creías olvidada.

Quizá este placer se vuelve más especial porque sé lo difícil que me resulta elegir por mí misma. Por eso, cuando el algoritmo me regala justo la canción que necesito, siento que el mundo tiene pequeños detalles conmigo.

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